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Por Martin Obreque
Todo pensamiento es, desde algún punto de vista, ambiental. Sea por precedencia, excedencia, reciprocidad, para bien o para mal, para provecho de un lado o el otro, conciencia y mundo circundante se solicitan mutuamente. Un sentido ominoso de esta tesis mínima de la filosofía occidental (descontando al realismo especulativo) fue la tónica de la inauguración del año académico, de un pensamiento que no puede sino enfrentar el vertiginoso medioambiente natural, político, moral y psíquico. Como cascadas que se cruzan, malezas que son inevitables, desiertos que pesan y fósiles que devienen guerras, la instancia trazó interconexiones complejas al interior de diferentes ámbitos que nos involucran: el quehacer cotidiano de nuestro Instituto, las pesadillas reveladoras, el rol del arte ante la emergencia climática y las amenazas de destrucción masiva. En sus palabras de apertura, la directora del IDF, Aïcha Liviana Messina se preguntaba: “¿La sequía es solo climática o puede ser psíquica también?”
Siguiendo la tradición, este 9 de abril del 2026 el Instituto de Filosofía de la UDP tuvo su Conferencia Inaugural del Año Académico, primera tras la creación de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades. Luego de haber comenzado las actividades regulares –clases, seminarios, coloquios–, la Conferencia Inaugural aguarda la visita de un invitado internacional que con sus palabras nos acompañe a pensar un desafío contemporáneo. En esta ocasión, fue Bryan Bannon, profesor de Merrimack College en North Andover, Massachusetts, Estados Unidos, quien dictó su conferencia titulada “Hacer sentido, encontrar valor: una mirada existencial al arte medioambiental”. Bannon es experto en ética ambiental, ámbito en el que trabaja desde la fenomenología. Publicó una versión ampliada de su tesis doctoral en el libro From Mastery to Mystery (Ohio University Press, 2014) en que, teniendo a Latour, Merlau-Ponty y Heidegger como entorno conceptual, cuestiona el sentido de la presuposición más básica de toda ética ambiental: que la naturaleza necesita ser preservada. Actualmente, trabaja en un libro cuyo argumento central es que la amistad puede ser un ideal ético propicio para relacionarnos con la naturaleza y que lleva por título On Being a Friend to Nature.
Aïcha Messina perfiló la conferencia de un modo que se hicieran visibles las conexiones con el resto de las actividades del Instituto de Filosofía, previas o en curso, ya sea porque contienen la misma intención de pensar los desafíos de nuestra sociedad o por sus afinidades electivas, como si se tratase de constelaciones o cristalizaciones espontáneas. El rol de lo trágico en la constitución de la psique humana con José Luis Villacañas, entre la ciencia, las formas simbólicas y la función mítica del Estado en Cassirer con Hernan Pringe, la relación de las pulsiones con la vida social con Manuel Tangorra, los sentidos de la orientación y la orientación en el sentido con Rocío Garcés. Las aproximaciones son variadas y sin estar predeterminadas resuenan con cierta armonía en un pensamiento doblemente ambiental: que hace patente su vinculación con el mundo circundante, por un lado, y que se cuestiones acerca de los problemas medioambientales, por otro.
En este humilde comentario, quisiera ofrecer una visión sobre cómo la jornada completa comportó la tesis planteada arriba y que, con modulaciones, fue la tesis principal de la conferencia de Bannon, esto es, que la relación entre el ser humano y la naturaleza (entre conciencia y mundo circundante decíamos arriba con un afán más general) no precede a su dinámica relacional, sino que es justamente construida en o dentro de las diversas dinámicas entre sus términos. Así, los ecosistemas se conforman en las dinámicas de sus componentes orgánicos e inorgánicos, en cadenas tróficas y de comunión que tienden en un movimiento cambiante pero más o menos estable (cuando es visto holísticamente). En las humanidades, es inevitable no formar una dinámica de relación, de reacción; cadenas tróficas y de comunión, en que ciertas ideas nos interpelan, algunas noticias –como la amenaza de Trump de acabar con una civilización entera– a veces nos “obligan” psíquicamente a hablar, no porque su peso caiga en nosotros voluntariamente, sino incluso porque, como confesaba la Prof. Messina, una pesadilla rompió con su normalidad diurna de considerarla una noticia más. En dinámicas sociales, de disputa y comunión, las ideas circulan y sobreviven; a veces por ser las mejores, otras por ser las más repetidas. En ello, la conferencia tuvo su dinámica, su reciprocidad, con dos intervenciones excedidas de ambiente. Me explico.
Aïcha comenzó sus palabras con una confesión. Bajo la conciencia de las responsabilidades de su posición en el ecosistema, como directora, como filósofa, como ciudadana, se le presentaban al menos dos tópicos ineludibles. Por un lado, hablar de la nueva Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades, de la necesidad de situarse a partir de ella, tanto en la colaboración con las otras disciplinas (historia, ciencia política, antropología, sociología) como en el esfuerzo de pensar los desafíos intelectuales y culturales de la propia época. Por otro lado, a poco tiempo de las amenazas de Estados Unidos de cavar en la tierra una fosa del tamaño de un país entero, era inevitable no reaccionar mínimamente al siniestro escenario geopolítico con el vaciamiento de sentido y la disociación psíquica (de seguir indiferentemente el día a día pese a las interrupciones cada vez más patentes) que conlleva. Con ese entorno que sobreviene es que confesó: “no logré decidirme por una u otra opción”. Y no solamente habló de ambas, sino incluso más. Su pensamiento no solo fue ambiental en forma, sino que hizo del medioambiente su tema. Como si estuviera anticipando un diálogo con la temática de la Conf. de Bannon, Aïcha esbozó una dinámica relacional alternativa entre la humanidad y la naturaleza, aquella de la guerra y la explotación de los recursos naturales: “Sabemos que la atención está puesta en este momento en el estrecho de Ormuz, un lugar de tránsito marítimo del que depende la economía mundial y que revela también cuán dependientes somos de los recursos naturales, de su explotación. Mar y tierra conectan en Ormuz pues si hay una crisis petrolera, se modificará el flujo aéreo, lo que por cierto no es lo más grave de lo que está ocurriendo”.
Por su parte, el profesor Bannon situó las fichas desde el lado de la esperanza, suspendiendo por un momento el enjuiciamiento normativo que nos había presentado en su conferencia Phenomenology, the Experience of Nature, and Relational Value en el Coloquio «Fenomenología y política». Si tuviese que hacer una lectura de la pregunta subyacente que abordó el Prof. Bannon basándome en sus comentarios finales, diría que es esta: A sabiendas del aparentemente inabordable desafío de frenar el colapso climático y su magnitud, de representación insuficientemente persuasiva de parte de los números de la ciencia ¿qué estrategias tenemos para combatir el quietismo y el negacionismo? El profesor nos compartió su experiencia de cómo sus estudiantes muchas veces terminan desesperanzados tras intentar comprender la magnitud del desastre y sin cursos de acción evidentes, como si se tratase de esa inhibición de las fuerzas vitales que Kant asignaba a lo sublime, aunque en un escenario que más bien roza lo monstruoso. Su exposición tuvo como hilo conductor la tesis de que naturaleza y humanidad no tienen lugares fijos previamente asignados, sino que más bien conforman una interfaz dinámica de relaciones variables y en constante devenir. Ante ese escenario de falta de aseguramiento previo, de carencia de sentido inmanente, el ser humano está llamado a pronunciarse en rebeldía, a no asumir lo que se le presenta como si estuviera escrito en piedra, sino más bien a pensar otras figuraciones para disponer las piedras, los campos de maíz, la apreciación del desierto, la memoria de vertientes desaparecidas o granjas cercadas al ritmo de los surcos naturales.
Su apuesta es que el arte tiene la capacidad de presentar diversos encuadres de las dinámicas entre la naturaleza y el ser humano. Relaciones que a veces son de subordinación, a veces de comunión, a veces de apreciación, pero que no son propiamente “naturales”, sino que reflejan los compromisos de las personas que sostienen esos valores. Si hemos de enunciar la posición de Bannon con conceptos nietzscheanos, esta ha de ser la del nihilista activo, que da el sí a la vida desmontando la “naturalización” de la interfaz humano-naturaleza y busca construir relaciones que aumenten el deseo de vivir y no nos deje en la profunda y solitaria desesperanza: “Si el desafío de la posición existencial para el individuo es rebelarse y vivir apasionadamente, es decir, buscar experiencias nuevas y variadas que amplíen en lugar de contraer el deseo de vivir, entonces aún existen fundamentos para rechazar ciertas elecciones o preferir unas por sobre otras. Sin embargo, seguimos enfrentados con un pluralismo de los valores”. Por ello, su vínculo del acto estetizante de encontrar belleza con el amor no es azarosa. Lo bello y el amor, Bannon decía con Galen Johnson, comparten el aplazamiento de la objetivación y la experimentación continuamente renovada, nos exigen su expresión, nos despojan de nuestro repliegue egocéntrico y, más importante, nos inspirar querer el dejar ser al otro, es decir, su no dominación. Eso es precisamente lo que Kant, en último término, valoró tanto de lo bello en relación con la moralidad y el amor. En sus palabras: “Con respecto a lo bello en la naturaleza, aunque inanimado, la propensión a la simple destrucción (spiritus destructionis) se opone al deber del hombre hacia sí mismo: porque debilita o destruye en el ser humano aquel sentimiento que […] favorece en buena medida la moralidad, es decir, predispone a amar algo también sin un propósito de utilidad (por ejemplo, las bellas cristalizaciones, la indescriptible belleza del reino vegetal)” (Metafísica de las costumbres, AA 6: 443).
Para cerrar, quiero evocar en su conjunto las dos imágenes que marcaron las intervenciones de Aïcha y Bryan. Del lado del día, Sísifo asume su tarea con rigor y en ocasiones hasta con gusto; cumple con su trabajo, estabiliza una rutina, sigue sus lecturas, va a sus clases, se plantea más y mejores preguntas. Sube su piedra a la cima y cuanto está por encontrar la respuesta, por llegar al sentido, por tener una normalidad cerrada, la noche irrumpe, con una pesadilla insoportable que no puede sino llevar todo el peso a su base, haciendo rodar la piedra de vuelta por la colina. Seguimos a diario con la mirada en alto, casi viendo de frente al sol platónico, pero la noche es inevitable para ponernos en un estado de alerta que, excediendo toda conciencia, nos recuerda que la estabilidad de nuestra civilización no está garantizada y que probablemente tengamos que comenzar todo el trabajo desde cero si queremos volver a hacer sentido de ello, de encontrar el valor para querer hacerlo.