Ivana Perić & Nicolás Ried: “Defendemos que la crítica es una actividad que problematiza, que imagina problemas, en lugar de ser un tribunal que dicta sentencias”

El jueves 28 de mayo a las 18.30 se realizará en forma online el conversatorio ¿Qué es la crítica? a partir del libro La mirada de los comunes. Cine, amor y comunismo, de Ivana Perić y Nicolás Ried (Calabaza del Diablo, 2020). Participarán Iván Pinto, director de El Agente Cine y profesor del Instituto de la Comunicación e Imagen de la U. de Chile, junto a la profesora del IDF Aïcha Liviana Messina. La actividad es abierta, previa inscripción en extensionidf@mail.udp.cl.

El libro reúne una treintena de textos escogidos de la sección La mirada de los comunes de El Desconcierto, que escribieron en conjunto entre 2017 y 2018, acompañados de dibujos de Víctor Espinoza. Dividido en las tres secciones mencionadas en el subtítulo (Cine, Amor y Comunismo), incluye reflexiones críticas a partir de películas de directores como Jim Jarmusch,  Lucrecia Martel, Yorgos Lanthimos, François Ozon, Sebastián Lelio y Aki Kaurismäki, entre otros. El prefacio, titulado “La crítica como el arte de la amistad” se puede leer aquí.

Ivana Perić y Nicolás Ried son egresados de Derecho y Ried actualmente está cursando el Magíster en Pensamiento Contemporáneo. “Una anécdota explica nuestro encuentro en la carrera de Derecho”, cuentan. “Después de la toma del año 2009 en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, de la cual participamos activamente, se dio una discusión sobre los medios legítimos de protesta. En esa discusión, una compañera se refirió a nosotros, respectivamente, como una ‘cuica pseudorevolucionaria’  y un ‘filósofo de colegio público’. Esos calificativos, que nos produjeron mucha gracia, anticiparon lo que sería nuestro modo de relacionarnos con el estudio del derecho: desde la inquietud política y filosófica”.

A partir de entonces, comenzaron a trabajar juntos en diversos proyectos, “que van desde la constitución de un espacio de encuentro y discusión sobre el cine en una facultad de derecho, hasta la disputa de un cargo de representación en la universidad. En esta disputa nos dimos cuenta que, sin quererlo, habíamos formado un ‘partido político’ de a dos, fundado en la amistad entendida como un acto de reflexión y conversación sin fin sobre lo que somos. Desde ahí, comprendimos que la amistad es militante, lo que quiere decir que estamos comprometidos con una relación en la que reflexionamos sobre nosotros mismos y nuestras prácticas. Aquello en lo que militamos no es un partido ni una ideología, sino una forma de relacionarnos con el mundo: ya no buscando verdades detrás de él, sino produciendo nuevas asociaciones en él”.

 

En el libro sostienen que coincidieron en la inquietud de si acaso el cine es “un modo de producción inherentemente político o no”, ¿a qué conclusiones han llegado al respecto?

El cine nos ofreció un espacio para reunir todas esas preocupaciones que recorren un largo trayecto que va desde nuestra biografía compartida, expresada en La mirada de los comunes, hasta la pregunta por la comunidad de la que participamos. Entonces comprendimos que aquella pregunta inicial acerca de lo político del cine no requería una respuesta que pudiera ser “dicha”, sino una que sólo podía ser “mostrada” a través de la escritura de críticas.

¿Por qué decidieron escribir en conjunto?, ¿cuáles son las principales dificultades y qué cosas les facilita hacer crítica de esta manera?

Quizá habría que invertir la pregunta: ¿por qué no se escribe junto a otros? La idea de producción individual está muy arraigada en la cultura neoliberal, lo que hace aparecer como anómalo cualquier tipo de proyecto colectivo. En este sentido, no “decidimos” escribir en conjunto, sino que fue una expresión del modo en que ya nos relacionábamos, entre nosotros y con el cine. La escritura colectiva, por tanto, es una operación con la que nos posicionamos entre dos problemas: el de la escritura individual y el de la colectividad como totalización.

Por lo anterior, que escribamos juntos no quiere decir que sometamos cuatro manos a un lápiz, sino que abrimos lugar a una escritura a propósito del desacuerdo que nos reúne. Esto permite que en el libro La mirada de los comunes podamos incluir dos críticas sobre un mismo filme, por ejemplo, dos críticas sobre Zama (2017) de Lucrecia Martel. Con este gesto mostramos que la escritura colectiva se juega en la posibilidad de constelar textos, imágenes y tiempos, y no en convertir las dos escrituras en una. Por esto, la dificultad a la que se enfrenta nuestro modo de producción es alejarse del individualismo sin hacer desaparecer la singularidad en un consenso.

Dentro del panorama nacional de la crítica de cine, ¿tienen algún referente o alguien que les parezca interesante? ¿O todos son “viejos amargos de chaleco con cuello alto y pequeños lentes con cola de rata”?

Defendemos una noción de crítica colectiva más enfocada en el modo de producción de esa escritura, que en la persona que la escribe. Por eso nos interesan más los procesos de producción de crítica, que las y los críticos. En ese sentido, estamos comprometidos con la propuesta de El Agente, un portal digital de crítica de cine, donde se produce una comunidad de escritores y escritoras que se relacionan a propósito del cine, sin necesariamente tener una experticia. Lo interesante de este proyecto, a nuestro parecer, es que se funda en el desacuerdo: no se trata de una comprensión de la crítica entendida como una “tiranía del gusto” en la que un erudito nos señala lo bueno y lo malo, sino la puesta a disposición de diversas lecturas acerca de un mismo objeto.

En este sentido, la idea de “referente” está emparentada con la de “juicio”, que en nuestra lectura se opone a la noción de crítica: mientras el juicio es el modo en que se aplica un conjunto de reglas sobre un objeto en particular, la crítica sería la operación por la cual cuestionamos esas reglas y su carácter determinante. Así, el referente sería aquel que dicta las reglas por las cuales nos guiamos para escribir, constituyendo una relación de subordinación entre dichas reglas y el objeto del que se escribe. Antes que el referente, nos interesa la alianza y el trabajo junto con otros, el modo en que se encuentran procesos productivos y reflexiones para dar lugar a una comunidad, que durará tanto como dure el desacuerdo que la constituye.

En el libro utilizan “comunismo” en un sentido amplio, como una forma de oponerse al individualismo y como “el encuentro de cualquiera con cualquier otro”, desmarcándose de “la fantasía partidista que llevará a un proletario a gobernar una sociedad sin clases”. ¿Les interesa una nueva noción común de comunismo, actualizar el comunismo como ideología o militancia?

Hay un problema en presentar al comunismo en esa disyuntiva como si se tratara de elegir la pastilla azul o la pastilla roja. No se trata tampoco de elegir una tercera pastilla, como defendería un comunista a la Žižek. El comunismo que practicamos no es ni ideología ni militancia, tampoco un sistema teórico que se aplique al mundo, sino algo más parecido a una fórmula: el encuentro de cualquiera con cualquier otro a propósito de cualquier cosa. Eso no significa que el comunismo sea un conjunto de encuentros azarosos entre individuos particulares, sino justamente lo contrario: son esos encuentros los que nos muestran que somos con otros, que antes de ser individuos formamos parte de una comunidad.

En ese sentido, nos parece muy atractiva una idea de Federico Galende que precisamente expresa en un libro de crítica de cine, Comunismo del hombre solo. Un ensayo sobre Aki Kaurismäki (2016). Que el comunismo puede ser entendido, políticamente, sin hacer referencia al poder ni a la articulación de un pueblo unido. Esta concepción del comunismo es mucho más cercana a la idea de “escándalo del pensamiento”, de una conversación sin fin, que de la política como medio para acceder al poder.

Entonces, no diríamos que este comunismo sea “nuevo”, sino que se corresponde más bien con una idea recurrente en la historia de la filosofía: que el problema político fundamental es la producción de una comunidad, de un “nosotros”. Y esto no es un mero asunto teórico, como nos ha quedado claro desde octubre en Chile: el preguntarnos por lo que somos es el modo en el que nos constituimos en comunidad.

Este conversatorio se titula “¿Qué es la crítica?”. Ustedes, en su libro, reivindican la crítica como “el arte de poner cosas en relación”, mediante un ejercicio de amistad, pero toman distancia de un análisis “según estrictos criterios de técnica cinematográfica y estilo narrativo”. ¿El análisis técnico, leer las películas en su especificidad de lenguaje cinematográfico, desglosando la construcción de planos, montaje, etc., para ustedes está necesariamente seguido de “convertir el objeto de análisis en un producto consumible o no según la calificación que reciba”?

No es que nosotros neguemos el potencial explicativo que pueda tener, por ejemplo, detenerse en cierto uso de la cámara o cierta relación entre un plano y otro, porque creamos que el lenguaje técnico no es relevante por sí mismo. Antes bien, sostenemos que es posible pero no necesario, tomar alguno de aquellos elementos y utilizarlo como clave de lectura del filme. Lo relevante es no hacer descansar sobre ese lenguaje técnico una clausura de toda discusión, del modo en que lo hace quien escribe “crítica” para poner en evidencia que sabe algunas cosas que el resto desconoce. En otras palabras, hay que evitar tomar la posición del crítico-juez, que determina la lectura única sobre una obra, que dicta una sentencia.

Cuando la crítica se subordina al juicio se anula el desacuerdo que constituye cualquier comunidad, porque el crítico en tanto juez categoriza y jerarquiza para resolver un supuesto problema que el filme contiene de manera inherente. Defendemos que la crítica es una actividad que problematiza, que imagina problemas, en lugar de ser un tribunal que dicta sentencias. Parafraseando a Raúl Ruiz, nos interesa el cine en tanto espejo: como aquello que nos permite reflexionar sobre la comunidad que somos.