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Entrevista por Martín Obreque
Manuel Tangorra es especialista en filosofía política del Idealismo Alemán con cuidadosa atención a sus entrelazamientos con corrientes contemporáneas como la teoría crítica, el pensamiento decolonial o el psicoanálisis. Obtuvo su doctorado en la UCLovain y luego trabajó hasta el 2025 en la KULeuven como investigador postdoctoral en un proyecto sobre la historiografía de la filosofía en el pensamiento alemán después de Kant, junto con sus repercusiones en el ejercicio disciplinar actual de la historia de la filosofía. Además de a Kant mismo, esto incluía a autores como Fichte, Hegel, Fülleborn, Tennemann, Reinhold y Maimon. Su tesis doctoral, titulada «La pulsion barbare. Une épistémologie hégélienne de l’altérité radicale», estuvo dedicada a la noción de barbarie en Hegel. En línea con esa investigación, este semestre dictará un curso sobre el concepto de pulsión, pero adoptando una genealogía más extensa que va desde el Idealismo Alemán hasta el Psicoanálisis, pasando por la Escuela de Frankfurt.
Le damos la más cordial bienvenida a Manuel Tangorra que se incorpora como profesor desde marzo de este 2026 al Instituto de Filosofía. Para conocer más de cerca sus investigaciones, nos ha concedido la siguiente entrevista.
¡Sí! Más de una década viviendo en Europa, de manera que me siento un poco como si estuviera volviendo al vecindario. Viví un tiempo de muy niño en Chile y guardo por eso algunos lindos recuerdos. Aunque hacía mucho que no venía, me he ido encontrando en mi recorrido con colegas chilenos, y también con extranjeros trabajando en Chile, que me hicieron ver una atmósfera activa de investigación en el campo de las humanidades y específicamente en el ámbito de la filosofía. Vengo siguiendo desde hace unos años las actividades del Instituto y siempre pensé que sería un lugar ideal para enseñar, aprender, investigar y producir. Me parece que el Instituto logra en su proyecto pedagógico y científico un equilibrio tan crucial como difícil de lograr en la academia contemporánea: combina el trabajo de especialistas en investigaciones de enorme rigor con una amplitud de discusiones y problemáticas que son revisitadas desde las herramientas que nos brinda la filosofía. Todo esto explica mi entusiasmo por venir a radicarme en Chile y comenzar a trabajar en el IDF.
Bueno, trato de situar mi trabajo en esa intersección que mencionas —entre las miradas contemporáneas y el corpus clásico moderno—, la cual nos pone frente a algunas cuestiones metodológicas importantes para la práctica de la historia de la filosofía. Ya el propio Hegel protestaba contra el paradigma historiográfico de “anticuario”, le decía él, que considera las doctrinas del pasado como exiliadas y fijadas en un tiempo pretérito que nos es preciso excavar y diseccionar. Asumir la condición contemporánea de nuestra mirada histórica no solo abre la posibilidad de nuevas interpretaciones, sino que también permite tematizar la dimensión performativa de la filosofía, es decir, pensar el tipo de práctica que constituye el saber filosófico moderno y su rol en la construcción de la modernidad política y social de la cual aún somos parte.
Pero como dices también hay un efecto de esta intersección que creo muy positivo para el pensamiento crítico actual. Tengo la impresión de que hay a veces hoy una tendencia, en la filosofía, y en otros ámbitos, a postular un presente centrado sobre sí mismo, un presentismo —en el sentido que sugería Michel de Certeau— desde el cual se concibe el pensamiento y sus potencialidades como completamente inmanentes a su propia actualidad. El riesgo aquí es la naturalización de ciertos parámetros teóricos que empezamos a dar como autoevidentes, y que podemos justamente poner en cuestión desde un uso crítico de distintas tradiciones filosóficas.
Esto es incluso interesante para pensarlo desde la cuestión decolonial a la que haces referencia. A veces este problema está planteado como si la actualidad filosófica debiera y pudiera descolonizar el viejo canon filosófico occidental, atendiendo, no sin razón, a su eurocentrismo constitutivo. Muchos trabajos interesantes han surgido con esa orientación, pero uno podría también preguntarse si esto no representa una cierta autocomplacencia de una mirada contemporánea que se considera en posición de juzgar, como desde fuera, las contradicciones de su propio pasado. Darle densidad histórica a los conceptos que usamos es entonces fundamental, porque así podemos reconocer la génesis conflictual de nuestros propios marcos epistemológicos y exponerlos también a filiaciones múltiples no cartografiadas aún, a veces insospechadas. Para decirlo de otro modo, la historicidad del pensamiento no es solo un recurso o un objeto, sino una fuente de interpelación para cuestionar nuestras propias convicciones aun cuando estás tengan un origen crítico y autorreflexivo.
El proyecto parte de la intersección de la que hablábamos antes. Tiene por un lado una dimensión histórica, en la cual exploro la noción de pueblo, o Volk, y otros conceptos conexos. Sabemos que este es un concepto calificado de “alto riesgo” por los lectores de Fichte y Hegel que, de una manera u otra, hicieron pesar sobre el mismo la larga deriva del pensamiento nacionalista alemán, desde el pangermanismo hasta sus catastróficos avatares en el siglo XX. Lo llamativo es que esto fue reproducido tanto por aquellos que defenestraban el idealismo alemán como una corriente de pensamiento intrínsecamente totalitaria, como por aquellos que, aun queriendo rescatar la dimensión crítica de estos autores, excluyen totalmente las nociones de comunidad o de pueblo de sus lecturas.
Hay que poner en cuestión estas lecturas por varias razones. La primera es que desatienden el sentido emancipador bajo el cual fueron en gran medida concebidos el pueblo y la nación en la estela de la Revolución francesa. Esto ya se ve desde los primeros textos del idealismo alemán como constelación intelectual, donde unos muy jóvenes Hegel, Hölderlin y Schelling evocaban la noción de pueblo para presentar un proyecto ético y social de liberación para el género humano. En segundo lugar, toca resaltar el impacto que las nociones idealistas del pueblo y la nación tuvieron en distintos movimientos político-teóricos posteriores. Cabe recordar, por ejemplo, al joven Marx haciendo del concepto de Volk justamente el instrumento central de su ataque contra la entronización hegeliana del Estado. Se puede igualmente resaltar la recepción que tuvo un texto como los Discursos a la nación alemana de Fichte, hasta no hace tanto “cancelado” en los estudios fichteanos, en diferentes tradiciones socialistas a lo largo del siglo XIX. Un último ejemplo, entre muchos otros posibles, puede verse en el recurso que significó la obra de Hegel para los movimientos anticoloniales del siglo XX a la hora de pensar el horizonte de las liberaciones nacionales.
Por supuesto, con esto no quiero negar la presencia de elementos chauvinistas o etnocentristas en estos autores. Lo que quiero plantear es que no se los puede reducir a esos elementos y que, al contrario, el concepto de Volk puede volverse extremadamente pertinente de cara a algunos problemas que aquejan a la filosofía política contemporánea. Esto abre la otra arista del proyecto, que busca producir un diálogo con miradas actuales sobre los colectivos políticos como el pensamiento post-fundacional o la ontología social. Para esto, mi estrategia es reinterpretar las teorías del pueblo de los idealistas no como reflexiones sobre el ser o la identidad de las comunidades humanas, sino como teorías sobre la modalidad de acción que constituye a los colectivos políticos y sociales. Esa es la hipótesis que me interesa explorar: Fichte, Hegel —y, en su huella, Schelling, Marx y otros— pueden darnos una nueva mirada sobre la especificidad de la agencia colectiva y sobre la manera en la que las comunidades se erigen como actores capaces de transformar lo existente.
La verdad es que también concibo al curso como parte de una investigación en parte vinculada al proyecto que mencionábamos, pero que abre a otro conjunto de problemas, más ligados a la cuestión de los fundamentos de la norma social. Se trata antes que nada de una invitación a los y las estudiantes para que recorramos juntos el camino que nos ofrece la noción de pulsión o Trieb para atravesar los presupuestos antropológicos de la teoría del sujeto que va desde el idealismo alemán hasta la teoría crítica contemporánea, pasando por la comprensión psicoanalítica del deseo. El concepto surge para responder a un problema que surge ya a finales del siglo XVIII con la consolidación de los Estados nacionales modernos y la necesidad de pensar la génesis del sujeto que encarna el nuevo régimen político y simbólico del mundo. En este punto, las perspectivas racionalistas de la modernidad encontraron sin dudas un límite: lograron definir el principio racional del acto que funda la norma social y política —las teorías del contrato son en ese sentido paradigmáticas—, pero dejaron sin explorar, sin embargo, el problema de cómo dicho principio se instancia concretamente en la pulsión del sujeto por objetivar ese orden normativo. En otras palabras, aun cuando se defina la estructura racional de lo social, resta explorar cómo la norma se vuelve efectiva por una pulsión que no sólo la acata, sino que también la desea.
Mi intención es que este recorrido nos dé herramientas para intervenir en un debate contemporáneo que atañe a los elementos afectivos o pre-reflexivos en el ámbito de la filosofía política y social. En cierta manera, el “giro afectivo” al que haces referencia ya postuló que es imposible concebir el orden social solamente desde el análisis de sus principios racionales. Hay una muy extensa literatura filosófica reciente —y en las humanidades más en general— que indaga en el rol político de las emociones y los sentimientos o, por dar otro ejemplo, en el problema de la vulnerabilidad no solo como dimensión estructurante de la existencia sino también como lugar de enunciación de una crítica social. Cuando hablo de la naturalización a evitar —la cual no atribuyo ni mucho menos a toda teoría de los afectos— me refiero al peligro de caer en una nueva taxonomía de emociones y pasiones que impactan, casi de manera fiscalista, sobre un sujeto ya constituido como actor social. En algún sentido, las teorías de la pulsión apuntan hacia un horizonte similar al del giro afectivo, pero lo hacen indagando en la estructura ambivalente de ese devenir-actor de la subjetividad. Los autores que vamos a abordar identifican, en la relación pulsional con la norma instituida, la clave para entender la adhesión al orden pero también el lugar para los desplazamientos sociales, políticos e históricos. En otras palabras, no se trata solamente de pensar cuál es la norma que orienta a los actores racionales hacia su emancipación, sino que también hay que estudiar las ambivalencias del deseo, individual y colectivo, que se hallan detrás de esos procesos de transformación. Espero que la noción de pulsión nos ofrezca un ángulo para abordar ese problema.